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¿Y dónde vive exactamente Paul Auster?, me pregunta una visita de España, el enésimo fan de Auster que se emociona sólo con pisar Brooklyn. ¿Le cuento o no le cuento que al natural es más guapo, escribe mejor y tiene una voz de terciopelo viril que da gusto oírle? ¿Y que estamos justo en la esquina donde una vez me lo encontré bajando del coche, como un vecino más de Park Slope?

Donde vive Paul Auster se llama Park Slope. Una parte de Brooklyn particularmente enrollada y encantadora, el reino del pijerío progre y del triunfador en vaqueros y con zapatos crocs de colorines, donde todo el mundo es o ha sido rebelde antes de sentar cabeza, fundar una familia –Prospect Park es a los niños pequeños lo que Sexo en Nueva York es a los adultos- y ganarse lo suficientemente bien la vida como para tener que ir de vez en cuando al psicoanalista a pedir perdón.

O hacer activismo a favor de Obama y en contra de todo lo demás, particularmente de los malvados promotores que especulan y conspiran para hacer con Brooklyn lo que Gallardón ha hecho con el centro de Madrid. Incluso hay quien se moviliza contra de Norah Jones, que no vive exactamente en Park Slope sino en Cobble Hill –a tiro de piedra en autobús- y que como cantante y como persona será un encanto, pero como vecina hay que ver: amenaza con mudarse a Manhattan si no le dejan abrir en una pared de su casa nada menos que diez ventanas, que truncarían la unidad arquitectónica del barrio.

Otro signo de militancia en el divino Brooklyn de Paul Auster es apuntarse a la coop de Park Slope, la legendaria cooperativa de alimentos frescos que es lo más parecido a un campo de trabajo soviético en el corazón de Nueva York: todos sus miembros tienen que arrimar el hombro en ella, da igual lo ocupados que estén y el dinero o la fama que tengan. De cada cual su capacidad, empaquetar queso de Vermont o limonada de Paul Newman os hará libres, etc. O vas y echas las horas que tienes que echar no sólo tú sino todos y cada uno de los adultos que viven en tu casa y que no van en silla de ruedas –prohibido presentar como amantes de paso a parejas más que apalancadas-, o te expulsan con un bufido de desprecio e invitación a la autocrítica pública. Bienvenido a la república socialista de Brooklyn.

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Por todo lo antedicho se vive y se come muy bien en Park Slope, por precios casi populares. Los alquileres son caros pero la intendencia es barata, con un toquecillo contestatario gourmet. Abundan los restaurantes encantadores y los cafetines intelectuales, los garitos étnicos. Sobre todo son muy étnicos de la cocina para adentro -donde se apilan los platos sucios- y de la puerta del delivery para afuera. Hace poco a las autoridades laborales se les ocurrió hacer una inspección masiva y descubrieron que en cantidad de locales emblemáticos de Park Slope y de Cobbe Hill la mayoría de los lavaplatos y de los repartidores de comida a domicilio son inmigrantes ilegales que trabajan doce horas diarias a 2.75 dólares la hora. El salario mínimo legal en Estados Unidos son 7.25 dólares.

Terror en supermercado. Horror en el falansterio. ¿Está enterado Paul Auster? Si se entera, ¿cómo puede verse afectada su producción literaria del futuro? ¿Se avecina un período particularmente negro de las letras americanas, un tiempo en que hasta el realismo sucio de Raymond Carver –recientemente reeditado, por cierto, en medio de no poca controversia- parezca una risueña portada de El Jueves?

“No sé por qué he sido tan estúpido de sorprenderme”, declara para The Brooklyn Paper un vecino de Park Slope progre pero sincero. También se sinceran algunos de los dueños de los restaurantes expuestos a la vergüenza. En época de recesión, alegan, ¿quién puede vender hamburguesas a un precio razonable si tiene que pagar íntegro el salario mínimo? “Que les den papeles y luego hablaremos, pero mientras nos obliguen (sic) a contratar ilegales...”, proclama enfadado.

The Brooklyn Paper entrevista asimismo a un emigrante de Guatemala que tiene 28 años y gana 260 dólares a la semana trabajando seis de los siete días de 11.30 am a 11.30 pm. Y dice que manda dinero a la familia en su país. Dios mío, ¿qué come y dónde duerme este hombre?, me pregunto anonadada.

Por supuesto hay un truco, que es la razón por la que toda esta gente aguanta cobrando estos lacerantes sueldos de miseria: el factor propina. En los barrios ricos de izquierdas suelen ser buenas. Y luego abominan del Domund y de Cáritas y dicen que dar limosna es un insulto y que lo único digno es la solidaridad.

¿Significa esto que los vecinos de Paul Auster son todos unos cínicos y unos inmorales? No necesariamente. Sólo gente que no revisa muy a menudo si las ideas que le gusta tener se ajustan a la realidad.

¿Qué es la izquierda? ¿Y tú me lo preguntas? Izquierda es aquello de lo que con suerte podrán ser los nietos o los biznietos de los actuales lavaplatos y repartidores de Park Slope a 2,75 dólares la hora. Esa será la prueba real de que han prosperado: que podrán permitirse el lujo de sentarse a tomar café en el ombligo del mundo y de la razón sin enterarse de cuánto cobra el camarero que les sirve.

Sin enterarse de esto ni de nada. Pero lo que se dice de nada.

Corresponsal/ABC

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