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Unas treinta pobladoras de un cerro en Huaycán construyen enormes muros de contención sin chistar: ellas cargan piedras y excavan zanjas con la misma (o incluso más) fuerza que los hombres

La falda casi le llega a los tobillos y la chompa de colores solo deja al descubierto su cuello delgado, quemado por el sol que a estas horas revienta con toda su fuerza sobre Huaycán. Sibiriana Fernández tiene 73 años, tres hijos y un esposo que ya no está, y la primera palabra que se le ocurre al pensar en este trabajo es una ingenua ironía: bonito. Con las manos llenas de tierra carga una vieja tela negra con varios kilos de piedras, llevándola de un lado a otro sin ayuda. En unos meses, la zanja que ella ayuda hoy a construir se convertirá en un infranqueable muro de contención.

Sibiriana es la mayor de las 30 mujeres encargadas de excavar la tierra con picos y lampas de lunes a viernes en esta alejada zona de la capital, donde la lluvia es extraña y el agua y la luz escasean. Ellas forman parte del programa Construyendo Perú, con el que el Ministerio de Trabajo da empleos temporales a pobladores en situación de extrema pobreza. “¿Que si tengo fuerzas para trabajar en esto? ¡Claro que sí!”, vocifera la anciana al tiempo que tres mujeres pasan por su lado, arrastrando una enorme roca de 80 kilos. Se ve que no les es difícil hacerlo, pues incluso tienen tiempo para sonreír.

El jefe de la oficina de Lima Este del programa, Juan Carlos Arana, señala que con el proyecto en este sector, ubicado en las faldas de uno de los varios cerros de Huaycán (Ate), se planea construir ocho muros de contención que permitirán instalar redes de agua y alcantarillado y facilitarán el acceso vehicular a las partes altas de la zona, rebosante de casas de esteras a las que por las noches solo alumbra la luz de las velas.

Aquí los hombres son minoría y lanzan cada tanto miradas de extrañeza y envidia cuando las mujeres —en su mayoría madres solteras que llegaron de provincia hace más de una década— levantan una piedra, la parten en dos como quien parte una fruta o extraen tierra con sus lampas sin botar una gota de sudor. Sin quejarse. “En todas las obras en las que participan mujeres no queda un muro inconcluso. Al contrario, ellas sacan fuerzas de no sé dónde y las terminan antes de lo planificado”, dice Miguel Espíritu, supervisor de la obra.

Aunque se trata de una labor compartida, la historia de cada pobladora es distinta. Veldad Valdivia, por ejemplo, tiene tres hijos y un esposo que hace un tiempo perdió los dedos de sus manos en el trabajo. Ahora él está en casa y ella debe ingeniárselas para pagar los estudios de sus hijos. Aun así, para esta mujer el trabajo usualmente encargado a los varones no le es extraño. “Antes ayudé a construir carreteras a cambio de víveres”, dice.

Hasta hace unas semanas, Guillermina Minaya —madre soltera de tres hijos— solía ganar esporádicamente cuatro soles al día lavando ropa. Sin embargo, con el sueldo que recibe por cavar zanjas podrá pagar las deudas por las pensiones atrasadas del colegio de sus vástagos. Sobre un cerro de tierra gris, Guillermina sonríe orgullosa: sabe que el sabor agrio del desempleo, que la recibió décadas atrás cuando pisó la capital por vez primera, empieza lentamente a desvanecerse. Ahora, por fin, ella y el resto tienen un trabajo. Y vaya que valen un Perú.

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